Transición al Cabello Rizado
Por Abigail Andino


Mi regreso a lo que siempre fue mío.
Hoy quiero abrirles el corazón y compartirles mi viaje de regreso a mi cabello naturalmente rizado. Un viaje que no empezó en el espejo, sino en mi historia.
Durante más de 10 años viví con el cabello lacio. Planchas, secadores, queratinas, tratamientos químicos… todo lo que prometía “domar” mi melena. Desde los 15 hasta los 25 años repetí ese ciclo sin cuestionarlo. En un principio me encantaba cómo quedaba, pero con el tiempo el brillo se apagó, las puntas se rompieron y mi pelo dejó de parecerse a mí.
Un día simplemente me cansé. Me cansé de luchar contra mi naturaleza. Me cansé de esconder mis rizos. Me cansé de no reconocerme. Y decidí volver a mí.
¿Por qué quise tenerlo liso tanto tiempo?
La respuesta es más simple de lo que parece: porque era lo que veía, lo que se celebraba, lo que se consideraba “bonito”. En mi familia, en mis amigas, en la televisión, en la publicidad… el cabello lacio era la norma. Y claro, también era “más fácil”: pasar la plancha y listo. Sin esfuerzo, sin tiempo, sin aprender nada nuevo.
Además, solo el 11% de la población mundial tiene el cabello afro/rizado. Eso significa que durante años no había productos, no había representación, no había información. Había alisados, había tratamientos, había presión.
Recuerdo la primera vez que me planché el pelo con mi prima… ¡con una plancha de ropa! Por favor, no lo hagan. Después vinieron las planchas de verdad, los químicos, los “tratamientos naturales” que prometían milagros. Pero el daño se acumulaba. Y aunque intentara hidratar, reparar o “revivir” las puntas, el cabello quemado no vuelve a nacer.
El momento que lo cambió todo. Mi mejor amiga Lissy —también rizada— fue clave. Ella me recordó algo que yo había olvidado: que mi cabello natural también era hermoso, que no tenía que luchar contra él, que podía aprender a amarlo. Y ahí empezó todo.
Primer paso: soltar lo que me hacía daño. Regalé planchas, secadores, pinzas… todo lo que me tentaba a volver atrás. Me costó. Me dije: “Bueno, solo me aliso el flequillo”. Pero no. Dije basta. Y lo cumplí.
Segundo paso: cortar para renacer. Me hice un gran corte. Pasé de tenerlo a mitad de la espalda a llevarlo por los hombros. Nunca lo había tenido tan corto. Me dio miedo. Pero también me dije: ¿De qué sirve tenerlo largo si está quemado y feo? ¿De qué sirve esperar si no estoy sanando la raíz? Lo corté. Y aunque seguía maltratado, ya había empezado el camino.
Negociación y aceptación: la parte más difícil. La transición no es bonita. No lo es. Y está bien decirlo. Ir a trabajar, a eventos, a cumpleaños… con partes lisas y partes rizadas fue un reto. Pasé un año usando moños y peinados que disimulaban la mezcla de texturas. Y sí, muchas veces quise plancharme “solo la frente”. Pero no tenía planchas. No tenía secadores. Tenía una decisión.
Pasaba frente a tiendas y respiraba hondo para no entrar. Me visualizaba en el futuro: con mi cabello sano, largo, fuerte y completamente rizado. Me repetía: “Esto es temporal. El resultado será para siempre.”
El método ABCD = E para sobrevivir la transición. Este proceso no es solo físico. Es mental. Es emocional. Es un compromiso contigo misma.
A = Acción / Actitud. Tomar la decisión. No pensarlo demasiado. Si lo que has hecho hasta ahora no te da un resultado distinto, cambia la estrategia. Empieza hoy.
B = Benevolencia. Hazlo por tu bien. No por lo que opinen los demás. Tu cabello, tu proceso, tu vida.
C = Constancia. Habrá días difíciles. Pensamientos que cruzan. Dudas. Obsérvalas, pero no te detengas. Un día a la vez.
D = Disciplina. La constancia se convierte en disciplina. La disciplina en compromiso. El compromiso en autocontrol.
E = Éxito. Y el éxito… es volver a verte y reconocerte.
